Yo, lo reconozco, soy bastante conspiranoico. De los que creen que lo de Kennedy, por supuesto, fue un complot de la mafia, la industria armamentista, los castristas, la CIA, el Kentucky Fried Chicken y el Ejército de Salvación de Iowa. Que la llegada a la luna fue un puñetero rodaje hecho en un plató de Connecticut, con un joven Chuck Norris en el papel de heroico astronauta. Y, por supuesto, lo del 11-S fue otro rollo de la CIA para poder invadir Irak y quedarse con el petroleo, que sé yo de buena tinta que Bin Laden se llama en realidad Johnny McCoy y tiene una tintorería en Nebraska que es en realidad una tapadera de actividades secretas del servicio secreto yanqui.
Vamos, que estoy bastante mal y veo complots por todas partes. Porque los políticos -lo sabe todo el mundo- son buenos y nobles. Siempre dicen la verdad, siempre juegan limpio y siempre van de cara. Se preocupan de nuestro bienestar por encima de cualquier otra cosa y no nos merecemos sus desvelos, empeñados en creer que venderían el virgo de su hija por un puñado de votos. (¿Cómo? ¿Qué no hay que generalizar? ¡Ya! Pues, nada, cuando ellos dejen de hacerlo con nosotros, yo dejaré de hacerlo con ellos...)
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